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Luna Aymara De Los Ríos con nariguera de oro del Resguardo Indígena Escopetera y Pirza.
Riosucio, Caldas.


Pereira, 26 de agosto de 2018.

La condición de estar aquí es estar donde uno quiere estar. Esa es la premisa que a veces intentamos conciliar con la realidad en la que acontecemos, en lugares tan entrañables y provocadores como Riosucio, municipio del departamento de Caldas, donde Mauricio Rivera y yo habitamos un tiempo y realizamos la Residencia Artística para el 16 Salón Regional de Artistas Centro Occidente, proceso que hemos llevado a cabo buscando, ante todo, despejarnos de la perspectiva de “locales” y, al mismo tiempo, de la visión indolente y lejana del turista. Punto medio que exige pericia para sintonizar.

Mauricio ya había estado en muchas oportunidades en ese lugar, y yo había vivido durante algún tiempo en la infancia en Sipirrra, a solo 5 minutos del pueblo. Si bien no estuve muchos años allí, de todas maneras crecí en otro municipio cercano, en Quinchía Risaralda, a 30 minutos de Riosucio. Ello explica que no podamos vernos como ajenos al lugar.

Más allá de profundos análisis etnográficos y académicos, a los que nos empujan fácilmente nuestras respectivas profesiones, acordábamos los dos, mirando el paisaje, que el tiempo se experimenta como un crisol de colores que se avecinan todo el tiempo sobre la montaña; el clima es permanentemente un advenimiento de nubes, brillos de sol y viento que no para de recorrer todos los rincones y formas del paisaje, entre ellas nosotros, que desde muy temprano iniciábamos diariamente una travesía. Desde ese orden material único de los elementos en el espacio –el agua, el aire, la tierra y el fuego-, podíamos comprender que, las perspectivas eran vastas desde donde estábamos: los ojos se demoraban en recorrer las siluetas de las montañas, y yo no paraba de imaginar que los satélites que vigilan la tierra seguían a dos puntos moverse aleatoriamente por la extensión de un mapa.

Sabemos que, si se conoce la historia, eso de moverse por las tierras rurales colombianas es riesgoso, pero además, si se es sensible a esa historia, se puede sentir en el viento las tensiones de los tiempos que pasaron, y de aquellos que vienen. No quisimos dejar pasar desapercibida la historia que subyace al lugar que pisamos, en especial de toda esta zona (Riosucio y Quinchía) que tiene en sus estratos y capas de tierra una mortalidad acumulada y fresca, inextinguible.

Si bien conscientemente quisimos ser cuidadosos y reacios con este espesor dramático del lugar como aspecto central de creación, terminamos volviendo a él de una manera poética: fuimos creando con nuestra investigación una línea que va cruzando algo, no precisamente la problemática social, ni aquello referente a la “ilegalidad”, sino que nos ocupamos de un asunto estético que convoca en el arte contemporáneo a hablar de lo subversivo. Queda desde aquí advertido y desmotivado el lector colombiano, porque aclaramos que no vamos a tratar sobre lo que maliciosa, amarillista o predispuestamente se entiende por subversión en nuestro contexto; lo subversivo para nosotros dos implica, en cambio, únicamente –y solo únicamente– algo que hace una fuga y muestra otra cosa, y esta idea nos atraviesa en la manera en que experimentamos el arte y la vida en general, y por supuesto esta obra.

Resistencia y subsistencia definen la zona que desborda lo que hoy es Riosucio, que antes, y hasta los tiempos de Conquista y Colonia de los españoles, pertenecía a una misma comunidad que tenía un vínculo vital con los cerros, en especial el Batero y otros contiguos como el Ingrumá, las cimas más altas de esa parte la cordillera Andina, en el centro-occidente colombiano. Quisimos poner nuestra atención en esos cerros, en plena zona del Resguardo Índígena Escopetera y Pirza, uno de los cuatro resguardos del municipio. Esta comunidad se asentó en la parte media de la vertiente oriental de esa parte de la cordillera.

Desde el inicio, durante las caminatas y el reconocimiento de la topografía escarpada que enmaraña ahí mismo las “Nalgas de ángel” (plato típico, preparación ancestral), los Carnavales de Riosucio, El Encuentro de la Palabra, las Tierreras o Guaraperas, cientos de personas indígenas que conforman la mayoría de la población del territorio, recordábamos que nos encontrábamos ante un territorio peculiar. A Mauricio se le hizo fácil ver en cada cosa un gran tema de investigación; yo, en cambio, tuve la sensación de encontrarme vagando en un murmullo de cosas sin tener idea de qué hacer. Con el pasar de los días, conversando, tomando café y comiendo parva barata y deliciosa, pudimos comenzar a situarnos los dos en un espacio en el que pudiéramos compartir los intereses que trazan nuestras obras, en un nuevo cuerpo conceptual que explorara la condición de estar y, en general, la actitud ante la vida donde sea que uno se halle. En este sentido, la pregunta curatorial tiene mucho que ver con la vida, y se encuentra antepuesta a cualquier otra pregunta que se quiera hacer en torno al arte; sin embargo, vimos que son planteamientos que se banalizan con trámites y diligencias, cuando todo finalmente pasa por la institución gubernamental que regula este ejercicio.

No obstante, en una residencia artística uno quiere sentirse especial y en condición de creación; es fácil olvidar el pago de pólizas y seguros y el retraso de los recursos: la condición de estar donde estábamos pasaba, precisamente, por el tema contradictorio de la residencia artística: las fotografías de la obra, tomadas en lo alto de los cerros, muestran el enmarañamiento de la maleza y los helechos, la mirada latente sobre el paisaje, y en el encuadre central estamos nosotros: artistas en residencia. No hay actitud de posar.

No somos turistas ni campesinos. No hay maquillajes pero tampoco hay algo evidente que muestre que se trata de jornaleros; es más bien un punto medio, como señalé al inicio. Cada uno tiene una mirada que trata de sostener el horizonte y el paisaje, y un aro dorado y brillante bajo la nariz. El oro es de cierto modo río y de cierto modo rivera. Viene de lo profundo de la montaña, del cerro, de la cúspide del viento donde el aire va apresurado y es frío, arrastrando las columnas de las nubes más densas y blancas, que parecieran ser sólidas. El oro es un elemento que ancla las fuerzas de la naturaleza presentes en Riosucio y en toda la zona; se deposita en riveras que ha transportado el río. Antes de la llegada de los españoles, el barequeo era un modo común de conseguirlo en los ríos que nacen en los cerros, que van sedimentando las montañas y, con ello, las betas de oro.

Queríamos conseguir un trozo de oro, en especial uno que fuera de origen del territorio de Escopetera, cerca al Cerro Batero; no de mega minería y multinacionales que abundan en el lugar, sino por extracción artesanal en los ríos, que puede conseguirse en cualquier parte del municipio. En largas interacciones que tuvimos con la comunidad se reitera la evidencia de guaquería, ya constatada en la literatura, y el uso de las narigueras de los indígenas de la zona. Las personas importantes usaban narigueras que tapaban la mitad del rostro. En una oportunidad, también, pudimos ver una pequeña nariguera, de la que se decía que pertenecía a un bebé.

No quisimos abastecernos de una materialidad de naturaleza artesanal para construir obra: quisimos reunir los aspectos que más nos llenaron de fugas, de abyecciones de lo que podrían ser “grandes obras de arte”, para realizar así una investigación artística y un ejercicio estético ─valga decir, poético─ con lo hallado ahí y con todo lo que cada uno de nosotros dos lleva por dentro. La obra no somos nosotros, tampoco son los elementos exóticos de un lugar tan especial como lo es Riosucio; no son las cestas y tejidos que uno encuentra en todas las comunidades cercanas. Sin embargo en nuestro ejercicio hay una presencia indirecta de las herremientas que requieren la mínima trasformación y manufactura de la naturaleza para su funcionalidad: Chinas, hachas y bateas son herramientas cotidianas y milenarias que perviven.

Lo nuevo tiende a abrirse lugar entre lo más tradicional y, sin embargo, es notable que en este lugar lo tradicional mantenga una fuerza casi subversiva en la contemporaneidad: le es posible insertarse dentro del sistema para poder subsistir. Y ello alimentó nuestra idea creativa, ello se nos fue haciendo condición de estar, en consecuencia con la navegabilidad de los afluentes, de los ríos en las riveras, y de internet, como acto de navegar en la web, accesible y “democrático” a todo aquel que quiera enterarse de lo que ha sido el proceso de residencia. Esta propuesta artística es una manera poética de navegar Riosucio.

Mauricio Rivera Henao con nariguera de oro del Resguardo Indígena
Escopetera y Pirza. Riosucio, Caldas.

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